—¿Los compañeros ahí tendidos como perros, no valen ninguna cosa?
—La Niña Chole murmuró con afán:
—¡Sí!... ¿Qué quieres?
—Eso ha de tratarse con despacio.
—Es menester otra prenda que la palabra.
La Niña Chole arrancóse los anillos, que parecían dar un aspecto sagrado á sus manos de princesa, y llena de altivez se los arrojó:
—Repartid eso y dejadnos.
Entre aquellos hombres hubo un murmullo de indecisión, y lentamente se alejaron por la nave de la iglesia. En el presbiterio detuviéronse á deliberar. La Niña Chole apoyó sus manos sobre mis hombros y me miró en el fondo de los ojos:
—¡Oh!... ¡Qué español tan loco! ¡Un león en pie!...