Respondí con una vaga sonrisa. Yo experimentaba la más violenta angustia en presencia de aquellos dos hombres caídos en medio de la iglesia, el uno sobre el otro. Lentamente se iba formando en torno de ellos un gran charco de sangre que corría por las junturas de las losas. Sentíase el borboteo de las heridas, y el estertor del que estaba caído debajo. De tiempo en tiempo se agitaba y movía una mano lívida, con estremecimientos nerviosos.

RAY LOPE CASTELLAR nos esperaba en la sacristía leyendo el breviario. Sobre labrado arcón estaban las vestiduras plegadas con piadoso esmero. La sacristía era triste, con una ventana alta y enrejada oscurecida por las ramas de un cedro. Fray Lope, al vernos llegar, alzóse del escaño:

—¡Muertos les he creído! ¡Ha sido un milagro!... Siéntense: Es menester que esta dama cobre ánimos. Van á probar el vino con que celebra la misa Su Ilustrísima, cuando se digna visitarnos. Un vino de España. ¡Famoso, famoso!... Ya lo dice el adagio indiano: Vino, mujer y bretaña, de España.

Hablando de esta suerte, acercóse á una grande y lustrosa alacena, y la abrió de par en par. Sacó de lo más hondo un pegajoso cangilón, y le olió con regalo:

—Ahora verán qué néctar. Este humilde fraile celebra su misa con un licor menos delicado. Sin embargo, todo es sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

Llenó con mano temblona un vaso de plata, y presentóselo á la Niña Chole, que lo recibió en silencio, y, en silencio también, me lo pasó á mí. Fray Lope, en aquel momento, colmaba otro vaso igual:

—¡Qué hace mi señora! Si el noble Marqués tiene aquí...