Fray Lope juntó las manos y entornó los párpados gravemente:

—¡Y quién sabe, mi señor!...

—¿Cómo se arriesgó á entrar en la iglesia?

—Es muy piadoso... Además tiene por madrina á la Madre Abadesa.

En aquel momento alzóse la tapa del arcón, y un hombre que allí estaba oculto asomó la cabeza. Era Juan de Guzmán. Fray Lope corrió á la puerta y echó los cerrojos. Juan de Guzmán saltó en medio de la sacristía, y con los ojos húmedos y brillantes quiso besarme las manos. Yo le tendí los brazos. Fray Lope volvió á nuestro lado, y con la voz temblorosa y colérica murmuró:

—¡Quien ama el peligro perece en él!

Juan de Guzmán sonrió desdeñosamente:

—¡Todos hemos de morir, Fray Lope!...

—Bajen siquiera la voz.

Avizorado miraba alternativamente á la puerta y á la gran reja de la sacristía. Seguimos su prudente consejo, y mientras nosotros platicábamos retirados en un extremo de la sacristía, en el otro rezaba medrosamente la Niña Chole.