—¡La sota! ¡La sota!

Aquella era la carta del bello adolescente. El jarocho se incorporó, soltando la baraja con despecho:

—Hijo, ve pagando...

Y echándose el zarape sobre los hombros, se alejó. El corro se deshizo entre murmullos y comentos:

—¡Ha ganado setecientos doblones!

—¡Más de mil!

Instintivamente volví la cabeza, y mis ojos descubrieron á la Niña Chole. Allí estaba, reclinada en la borda: Apartábase lánguidamente los rizos que, deshechos por el viento marino, se le metían en los ojos, y sonreía al bello y blondo adolescente. Experimenté tan vivo impulso de celos y de cólera, que me sentí palidecer. Si hubiera tenido en las pupilas el poder del basilisco, allí se quedan hechos polvo. ¡No lo tenía, y la Niña Chole pudo seguir profanando aquella sonrisa de reina antigua!...