UANDO se encendieron las luces de á bordo, yo continuaba en el puente, y la Niña Chole vino á colgarse de mi brazo, rozándose como una gata zalamera y traidora. Sin mostrarme celoso, supe mostrarme altivo, y ella se detuvo, clavándome los ojos con tímido reproche. Después miró en torno, y alzándose en la punta de los pies me besó celerosa:

—¿Estás triste?

—No.

—Entonces, ¿estás enojado conmigo?

—No.

—Sí tal.

Nos hallábamos solos en el puente, y la Niña Chole se colgó de mis hombros suspirante y quejumbrosa:

—¡Ya no me quieres! ¡Ahora qué será de mí!... ¡Me moriré!... ¡Me mataré!...

Y sus hermosos ojos, llenos de lágrimas, se volvieron hacia el mar, donde rielaba la luna. Yo permanecí silencioso, aun cuando estaba profundamente conmovido. Ya cedía al deseo de consolarla, cuando apareció sobre cubierta el blondo y taciturno adolescente. La Niña Chole, un poco turbada, se enjugó las lágrimas. Creo que la expresión de mis ojos le dió espanto, porque sus manos temblaban. Al cabo de un momento, con voz apasionada y contrita, murmuró á mi oído: