—¡Perdóname!

Yo repuse vagamente:

—¿Que te perdone dices?

—Sí.

—No tengo nada que perdonarte.

Ella se sonrió, todavía con los ojos húmedos:

—¿Para qué me lo niegas? Estás enojado conmigo porque antes he mirado á ése... Como no le conoces, me explico tus celos.

Calló, y en su boca muda y sangrienta vi aparecer la sonrisa de un enigma perverso. El blondo adolescente conversaba en voz baja con un grumete mulato. Se apartaron lentamente y fueron á reclinarse en la borda. Yo pregunté, dominado por una cólera violenta:

—¿Quién es?

—Un príncipe ruso.