—¿Está enamorado de ti?

—No.

—Dos veces le sonreíste...

La Niña Chole exclamó con picaresca alegría:

—Y tres también, y cuatro... Pero seguramente tus sonrisas le conmueven más que las mías... ¡Mírale!

El hermoso, el blondo, el gigantesco adolescente, seguía hablando con el mulato, y reclinado en la borda estrechábale por la cintura. El otro reía alegremente: Era uno de esos grumetes que parecen aculatados en largas navegaciones trasatlánticas por regiones de sol. Estaba casi desnudo, y con aquella coloración caliente de terracota también era hermoso. La Niña Chole apartó los ojos con altivo desdén:

—¿Te convences de que no podía inspirarte celos?

Yo, libre de tan cruel incertidumbre, sonreí:

—Tú debías tenerlos...

La Niña Chole se miró en mis ojos, orgullosa y feliz: