ALIENDO de un bosque de palmeras, dimos vista á una tablada tumultuosa, impaciente con su ondular de hombres y cabalgaduras. El eco retozón de los cencerros acompañaba las apuestas y decires chalanescos, y la llanura parecía jadear ante aquel marcial y fanfarrón estrépito de trotes y de colleras, de fustas y de bocados. Desde que entramos en aquel campo, monstruosa turba de lisiados nos cercó clamorante: Ciegos y tullidos, enanos y lazarados nos acosaban, nos perseguían, rodando bajo las patas de los caballos, corriendo á rastras por el camino, entre aullidos y oraciones, con las llagas llenas de polvo, con las canillas echadas á la espalda, secas, desmedradas, horribles. Se enracimaban golpeándose en los hombros, arrancándose los chapeos, gateando la moneda que les arrojábamos al paso.
Y así, entre aquel cortejo de hampones, llegamos al jacal de un negro que era liberto. El paso de las cabalgaduras y el pedigüeño rezo de los mendigos trájole á la puerta antes que descabalgásemos: Al vernos corrió ahuyentando con el rebenque la astrosa turba, y vino á tener el estribo de la Niña Chole, besándola las manos con tantas muestras de humildad y contento cual si fuese una princesa la que llegaba. Á las voces del negro acudió toda la prole. El liberto hallábase casado con una andaluza que había sido doncella de la Niña Chole. La mujer levantó los brazos al encontrarse con nosotros:
—¡Virgen de mi alma! ¡Los amitos!
Y tomando de la mano á la Niña Chole, hízola entrar en el jacal.
—¡Que no me la retueste el sol, reina mía, piñoncico de oro, que viene á honrar mi pobreza!
El negro sonreía, mirándonos con sus ojos de res enferma: Ojos de una mansedumbre verdaderamente animal. Nos hicieron sentar, y ellos quedaron en pie. Se miraron, y hablando á un tiempo empezaron el relato de la misma historia:
—Un jarocho tenía dos potricas blancas. ¡Cosa más linda! Blancas como palomas. ¿Sabe? ¡Qué pintura para la volanta de la Niña!
Y aquí fué donde la Niña Chole no quiso oir más: