—¡Yo deseo verlas! ¡Deseo que me las compres!

Habíase puesto en pie, y se echaba el rebocillo apresuradamente:

—¡Vamos! ¡Vamos!

La andaluza reía maliciosamente:

—¡Cómo se conoce que su merced no le satisface ningún antojico!

Dejó de sonreir, y añadió cual si todo estuviese ya resuelto:

—El amito va con mi hombre. Para la Niña está muy calurosa la sazón.

Entonces el negro abrió la puerta, y la Niña Chole me empujó con mimos y arrumacos muy gentiles. Salí acompañado del antiguo esclavo, que, al verse fuera, empezó por suspirar y concluyó salmodiando el viejo cuento de sus tristezas. Caminaba á mi lado con la cabeza baja, siguiéndome como un perro entre la multitud, interrumpiéndose y tornando á empezar, siempre zongueando cuitas de paria y de celoso:

—¡Ella toda la vida con hombres, amito! ¡Una perdición!... ¡Y no es con blancos, niño! ¡Ay, amito, no es con blancos!... Á la gran chiva se le da todo por los morenos. ¡Dígame no más que sinvergüenzada, niño!...

Su voz era lastimera, resignada, llena de penas: Verdadera voz de siervo. No le dolía el engaño por la afrenta de hacerle cornudo, sino por la baja elección que la andaluza hacía: Era celoso intermitente, como ocurre con la gente cortesana que medra de sus mujeres. El Duque de Saint Simón le hubiera loado en sus Memorias, con aquel delicado y filosófico juicio que muestra hablando de España, cuando se desvanece en un éxtasis, ante el contenido moral de estas dos palabras tan castizas: Cornudo Consentido.