—¡Dios mío! ¡Qué no haría yo por ti!...
Sentadas á las puertas de los jacales, indias andrajosas, adornadas con amuletos y sartas de corales, vendían plátanos y cocos. Eran viejas de treinta años, arrugadas y caducas, con esa fealdad quimérica de los ídolos. Su espalda lustrosa brillaba al sol, sus senos negros y colgantes recordaban las orgías de las brujas y de los trasgos. Acurrucadas al borde del camino, como si tiritasen bajo aquel sol ardiente, medio desnudas, desgreñadas, arrojando maldiciones sobre la multitud, parecían sibilas de algún antiguo culto lúbrico y sangriento. Sus críos, tiznados y esbeltos como diablos, acechaban por los resquicios de las barracas, y, huroneando, se metían bajo los toldos de lona, donde tocaban organillos dislocados. Mulatas y jarochos ejecutaban aquellas extrañas danzas voluptuosas que los esclavos trajeron del África, y el zagalejo de colores vivos flameaba en los quiebros y mudanzas de los bailes sagrados con que á la sombra patriarcal del baobad eran sacrificados los cautivos.
LEGAMOS al jacal. Yo ceñudo y de mal talante, me arrojé sobre la hamaca, y con grandes voces mandé á los caballerangos que ensillasen para partir inmediatamente. La sombra negruzca de un indio asomó en la puerta:
—Señor, el ruano que montaba la Niña tiene desenclavada una herradura... ¿Se la enclavo, señor?
Me incorporé en la hamaca con tal violencia, que el indio retrocedió asustado. Volviendo á tenderme le grité:
—¡Date prisa, con mil demonios, Cuactemocín!
La Niña Chole me miró pálida y suplicante: