—No grites. ¡Si supieses cómo me asustas!...
Yo cerré los ojos sin contestar, y hubo un largo silencio en el interior oscuro y caluroso del jacal. El negro iba y venía con tácitas pisadas, regando el suelo alfombrado de yerba. Fuera se oía el piafar de los caballos, y las voces de los indios, que al embridarlos les hablaban. En el hueco luminoso de la puerta, las moscas del ganado zumbaban su monótona canción estival. La Niña Chole se levantó y vino á mi lado. Silenciosa y suspirante me acarició la frente con dedos de hada: Después me dijo:
—¡Oh!... ¿Serías capaz de matarme si el ruso fuese un hombre?
—No...
—¿De matarlo á él?
—Tampoco.
—¿No harías nada?
—Nada.
—¿Es que me desprecias?
—Es que no eres la Marquesa de Bradomín.