—¿Qué mandaba, señor?
—Vamos á ponernos en camino.
—Mala es la sazón, señor. Corren ahora muchas torrenteras.
Yo tuve un momento de duda:
—¿Qué distancia hay á la Hacienda de Tixul?
—Dos horas de camino, señor.
Me incorporé violentamente:
—Que ensillen.
Y esperé calentándome ante el fuego, mientras el guía llevaba la orden y se ponía la gente en traza de partir. Mi sombra bailaba con la llama de las hogueras, y alargábase fantástica sobre la tierra negra. Yo sentía dentro de mí la sensación de un misterio pavoroso y siniestro. Quizá iba á mudar de propósito cuando un tropel de indios acudió con mi caballo. Á la luz de la hoguera ajustaron las cinchas y repararon las bridas. El guía, silencioso y humilde, vino á tomar el diestro. Monté y partimos.
Caminamos largo tiempo por un terreno onduloso, entre cactus gigantescos que sacudidos por el viento, imitaban rumor de torrentes. De tiempo en tiempo la luna rasgaba los trágicos nubarrones, é iluminaba nuestra marcha derramando tibia claridad. Delante de mi caballo volaba, con silencioso vuelo, un pájaro nocturno: Se posaba á corta distancia, y al acercarme agitaba las negras alas é iba á posarse más lejos, lanzando un graznido plañidero, que era su canto. Mi guía, supersticioso como todos los indios, creía entender en aquel grito la palabra judío, y cuando oía esta ofensa que el pájaro le lanzaba siempre al abrir las sombrías alas, replicaba gravemente: