—¡Cristiano, y muy cristiano!

Yo le interrogué:

—¿Qué pájaro es ese?...

—El tapa-caminos, señor.

De esta suerte llegamos á mis dominios. La casa, mandada edificar por un virrey, tenía el aspecto señorial y campesino que tienen en España las casas de los hidalgos. Un tropel de jinetes estaba delante de la puerta. Á juzgar por su atavío, eran plateados. Formaban rueda, y las calabazas llenas de café, corrían de mano en mano. Los chambergos bordados brillaban á la luz de la luna. En mitad del camino estaba apostado un jinete: Era viejo y avellanado: Tenía los ojos fieros y una mano cercenada. Al acercarnos nos gritó:

—¡Ténganse allá!

Yo respondí de mal talante, enderezándome en la silla:

—Soy el Marqués de Bradomín.

El viejo partió al galope y reunióse con los que apuraban las calabazas de café ante la puerta. Yo distinguí claramente á la luz de la luna, cómo se volvían los unos á los otros, y cómo se hablaban tomando consejo, y cómo después recobraban las riendas y se partían. Cuando yo llegué, la puerta estaba franca y aún se oía el galope de sus caballos. El mayordomo que esperaba en el umbral, adelantóse á recibirme, y tomando el caballo del rendaje tornóse hacia la casa, gritando:

—¡Sacad acá un candil!... ¡Alumbrad la escalera!...