En lo alto de la ventana asomó la forma negra de una vieja con un velón encendido:

—¡Alabado sea Dios que le trujo con bien por medio de tantos peligros!

Y para alumbrarnos mejor, encorvábase fuera de la ventana y alargaba su brazo negro, que temblaba con el velón. Entramos en el zaguán, y casi al mismo tiempo reaparecía la vieja en lo alto de la escalera:

—¡Alabado sea Dios, y cómo se le conoce la mucha nobleza y generosidad de su sangre!

La vieja nos guió hasta una sala enjalbegada, que tenía todas las ventanas abiertas. Dejó el velón sobre una mesa de torneados pies, y se alejó:

—¡Alabado sea Dios, y qué juventud más galana!

Me senté, y el mayordomo quedóse á distancia contemplándome. Era un antiguo soldado de Don Carlos, emigrado después de la traición de Vergara. Sus ojos negros y hundidos tenían un brillo de lágrimas. Yo le tendí la mano con familiar afecto:

—Siéntate, Brión... ¿Qué tropa era esa?

—Plateados, señor.

—¿Son amigos tuyos?