—¡Y buenos amigos!... Aquí hay que vivir como vivía en sus cortijos de Andalucía mi señora la Condesa de Barbazón, abuela de vuecencia. José María la respetaba como á una reina, porque tenía en mi señora su mejor madrina...
—¿Y estos cuatreros mexicanos tienen el garbo de los andaluces?
Brión bajó la voz para responder:
—Saben robar... No les impone el matar... Tienen discurso... Y con todo no llegan á los ladrones de la Andalucía. Les falta la gracia, que es al modo de la sal en la vianda. ¡Y no son los de la Andalucía más guapos en el arreo! ¡No es el arreo!...
En aquel momento entró la vieja á decir que estaba dispuesta la colación. Yo me puse de pie, y ella tomó la luz de encima de la mesa para alumbrarme el camino.
E ACOSTÉ rendido, pero el recuerdo de la Niña Chole túvome desvelado hasta cerca del amanecer. Eran vanos todos mis esfuerzos por ahuyentarle: Revoloteaba en mi memoria, surgía entre la niebla de mis pensamientos, ingrávido, funambulesco, torturador. Muchas veces, en el vago tránsito de la vigilia al sueño, me desperté con sobresalto. Al cabo, vencido por la fatiga, caí en un sopor febril, poblado de pesadillas. De pronto abrí los ojos en la oscuridad. Con gran sorpresa mía hallábame completamente despierto. Quise conciliar otra vez el sueño, pero no pude conseguirlo. Un perro comenzó á ladrar debajo de mi ventana, y entonces recordé vagamente haber escuchado sus ladridos momentos antes, mientras dormía. Agitado por el desvelo me incorporé en las almohadas. La luz de la luna esclarecía el fondo de la estancia, porque yo había dejado abiertas las ventanas á causa del calor. Me pareció oir voces apagadas de gente que vagaba por el huerto. El perro había enmudecido, las voces se desvanecían. De nuevo quedó todo en silencio, y en medio del silencio oí el galope de un caballo que se alejaba. Me levanté para cerrar la ventana. La cancela del huerto estaba abierta, y sentí nacer una sospecha, aun cuando el camino rojo, iluminado por la luna, veíase desierto entre los susurrantes maizales. Permanecí algún tiempo en atalaya. Aquellos campos parecían muertos bajo la luz blanca de la luna: Sólo reinaba sobre ellos el viento murmurador. Sintiendo que el sueño me volvía, cerré la ventana. Sacudido por largo estremecimiento me acosté. Apenas había cerrado los ojos cuando el eco apagado de algunos escopetazos me sobresaltó: Lejanos silbidos eran contestados por otros: Volvía á oirse el galope de un caballo. Iba á levantarme cuando quedó todo en silencio. Después al cabo de mucho tiempo, resonaron en el huerto sordos golpes de azada, como si estuviesen cavando una cueva. Debía ser cerca del amanecer, y me dormí. Cuando el mayordomo entró á despertarme, dudaba si había soñado: Sin embargo le interrogué: