—Volviéndole estas Indias. Más difícil cosa fué ganarlas en los tiempos antiguos de Hernán Cortés. Yo tengo el libro de esa Historia. ¿Ya lo habrá leído vuecencia?
Los ojos del mayordomo estaban llenos de lágrimas. Un rudo temblor que no podía dominar agitaba su barba berberisca. Se asomó á la ventana, y mirando hacia el camino guardó silencio. Después suspiró:
—¡Esta noche hemos perdido al hombre que más podía ayudarnos! Á la sombra de aquel cedro está enterrado.
—El capitán de los plateados, que halló aquí vuecencia.
—¿Y sus hombres han muerto también?
—Se dispersaron. Entró en ellos el pánico. Habían secuestrado á una linda criolla, que tiene harta plata, y la dejaron desmayada en medio del camino. Yo, compadecido, la traje hasta aquí. ¡Si quiere verla vuecencia!
—¿Es linda de veras?
—Como una santa.
Me levanté, y precedido de Brión, salí. La criolla estaba en el huerto tendida en una hamaca colgada de dos árboles. Algunos pequeñuelos indios, casi desnudos, se disputaban mecerla. La criolla tenía el pañuelo sobre los ojos y suspiraba. Al sentir nuestros pasos volvió lánguidamente la cabeza y lanzó un grito: