El mayordomo levantó hasta mí los ojos ardientes:

—Yo, jamás, señor.

La fiera arrogancia con que llevó su mano al corazón, me hizo sonreir, porque el viejo soldado de Don Carlos, con su atezada estampa y el chambergo arremangado sobre la frente, y los ojos sombríos, y el machete al costado, lo mismo parecía un hidalgo que un bandolero. Quedó un momento caviloso, y luego, manoseando la barba, me dijo:

—Sépalo vuecencia: Si tengo amistad con los plateados, es porque espero valerme de ellos... Son gente brava y me ayudarán... Desde que llegué á esta tierra tengo un pensamiento. Sépalo vuecencia: Quiero hacer emperador á Don Carlos V.

El viejo soldado se enjugó una lágrima. Yo quedé mirándole fijamente:

—¿Y cómo le daremos un Imperio, Brión?

Las pupilas del mayordomo brillaron enfoscadas bajo las cejas grises:

—Se lo daremos, señor... Y después la corona de España.

Volví á preguntarle con una punta de burla:

—¿Pero ese Imperio cómo se lo daremos?