Yo esperé. Fray Ambrosio me miró de alto a bajo sin reconocerme, pero ello no estorbó que amistoso y franco me pusiese una mano sobre el hombro:
—¿Es a fray Ambrosio Alarcón a quien desea hablar? ¿No viene equivocado?
Yo, por toda respuesta, dejé caer la capucha. El viejo guerrillero me miró con risueña sorpresa. Después, volviéndose a los clérigos, exclamó:
—¡Este reverendo se llama en el mundo el Marqués de Bradomín!
El sacristán dejó de soplar la brasa del incensario, y los dos clérigos sentados bajo el rayo de sol, delante del brasero, se pusieron en pie sonriendo beatíficamente. Yo tuve un momento de vanidad ante aquella acogida que mostraba cuánta era mi nombradía en la Corte de Estella. Me miraban con amor, y también con una sombra de paterno
enojo. Eran todos gentes de cogulla,
y acaso recordaban algunas de
mis aventuras mundanas.
ODOS ME RODEARON. Fué preciso contar la historia de mi hábito monacal, y cómo había pasado la frontera. Fray Ambrosio reía jovial, mientras los clérigos me miraban por cima de los espejuelos, con un gesto indeciso en la boca desdentada. Tras ellos, bajo el rayo de sol que descendía por la angosta ventana, el sacristán escuchaba inmóvil, y cuando el exclaustrado interrumpía, reconveníale adusto: