—¡Déjele que cuente, hombre de Dios!
Pero Fray Ambrosio no quería dar por bueno que yo saliese de un monasterio adonde me hubiesen llevado los desengaños del mundo y el arrepentimiento de mis muchas culpas. Más de una vez, mientras yo hablaba, volviérase a los clérigos murmurando:
—No le crean: Es una donosa invención de nuestro ilustre Marqués.
Tuve que afirmarlo solemnemente para que no continuase mostrando sus dudas. Desde aquel punto aparentó un profundo convencimiento, santiguándose en muestra de asombro:
—¡Bien dicen que vivir para ver! Sin tenerle por impío, jamás hubiera supuesto ese ánimo religioso en el Señor Marqués de Bradomín.
Yo murmuré gravemente:
—El arrepentimiento, no llega con anuncio de clarines como la caballería.
En aquel momento oíase el toque de botasillas, y todos rieron. Después uno de los clérigos me preguntó con amable tontería:
—¿Supongo que el arrepentimiento tampoco habrá llegado cauteloso como la serpiente?
Yo suspiré melancólico: