Yo conservaba su mano entre las mías, y se la besé. Los dos sonreímos mirándonos:
—¿Por qué no llamas?
Yo la dije en voz baja:
—¡Déjame ser tu azafata!
Concha soltó su mano de entre las mías:
—¡Qué locuras se te ocurren!
—No tal. ¿Dónde están tus vestidos?
Concha se sonrió como hacen las madres con los caprichos de sus hijos pequeños:
—No sé dónde están.
—Vamos, dímelo...