—¿Qué quieres?

—Quería llamar a mi doncella para que viniera a vestirme.

—¿Ahora?

—Sí.

Reclinó la cabeza y añadió con una sonrisa triste:

—Deseo hacerte los honores de mi Palacio.

Yo traté de convencerla para que no se levantase. Concha insistió:

—Voy a mandar que enciendan fuego en el comedor. ¡Un buen fuego! Cenaré contigo.

Se animaba, y sus ojos húmedos en aquel rostro tan pálido, tenían una dulzura amorosa y feliz.

—Quise esperarte a pie, pero no pude. ¡Me mataba la impaciencia! ¡Me puse enferma!