—¿Y ahora?

—Ahora soy feliz.

Su boca, una rosa descolorida, temblaba. De
nuevo cerró los ojos con delicia, como para
guardar en el pensamiento una visión
querida. Con penosa aridez de corazón,
yo comprendí que se
moría.

ONCHA se incorporó para alcanzar el cordón de la campanilla. Yo le cogí la mano, suavemente: