—Estamos llegando.

Y señaló hacia el fondo de la calle una casa pequeña con carcomido balcón de madera sustentado por columnas. Un galgo viejo que dormitaba en el umbral gruñó al vernos llegar y permaneció echado. El zaguán era oscuro, lleno de ese olor que esparce la yerba en el pesebre y el vaho del ganado. Subimos a tientas la escalera que temblaba bajo nuestros pasos: Ya en lo alto, el exclaustrado llamó tirando de la cadena que colgaba a un lado de la puerta, y allá dentro bailoteó una esquila clueca. Se oyeron pasos y la voz del ama que refunfuña:

—¡Vaya una manera de llamar!... ¿Qué se ofrece?

El fraile responde con breve imperio:

—¡Abre!

—¡Ave María!... ¡Cuánta priesa!

Y siguió oyéndose la voz refunfuñona del ama, mientras descorría el cerrojo. El fraile a su vez murmuraba impaciente:

—¡Es inaguantable esta mujer!

Franqueada la puerta, el ama encrespóse más:

—¡Cómo había de venir sin compañía! ¡Tiene tanto de sobra, que necesita traer todos los días quien le ayude a comérselo!