Fray Ambrosio, pálido de cólera, levantó los brazos escuetos, gigantescos, amenazadores: Sobre su cabeza siempre temblona, bailoteaban las manos de rancio pergamino:
—¡Calla, lengua de escorpión!... Calla y aprende a tener respeto. ¿Sabes a quién has ofendido con tus infames palabras? ¿Lo sabes? ¿Sabes quién está delante de ti?... Pide perdón al Señor Marqués de Bradomín.
¡Oh insolencia de las barraganas! Al oir mi nombre aquella mujeruca, no mostró ni arrepentimiento ni zozobra: Me clavó los ojos negros y brujos, como los tienen algunas viejas pintadas por Goya, y un poco incrédula se limitó a balbucir con el borde de los labios:
—Si es el caballero que dice, por muchos años lo sea. ¡Amén!
Se apartó para dejarnos paso. Todavía la oímos murmurar:
—¡Vaya un barro que traen en los pies! ¡Divino Jesús, cómo me han puesto los suelos!
Aquellos suelos limpios, encerados, lucientes, puros espejos donde ella se miraba, sus amores de vieja casera, acababan de ser bárbaramente profanados por nosotros. Me volví consternado para alcanzar todo el horror de mi sacrilegio, y la mirada de odio que hallé en los ojos de la mujeruca fué tal, que sentí miedo. Todavía siguió rezongando:
—Si estuviesen matando petrolistas... Da dolor cómo me han puesto los suelos. ¡Qué entrañas!
Fray Ambrosio gritó desde la sala:
—¡Silencio!... A servirnos pronto el chocolate.