—Solamente en pintura, por un retrato del Infante Don Alfonso.
Y curioso de averiguar mis aventuras, con la tonsurada cabeza temblando sobre los hombros, murmuró:
—¿En fin, puede saberse la historia del hábito?
Yo repuse con indiferencia:
—Un disfraz para no caer en manos del maldito cura.
—¿De Santa Cruz?
—Sí.
—Ahora tiene sus reales en Oyarzun.
—Y yo vengo de Arimendi, donde estuve enfermo de calenturas, oculto en una casería.
—¡Válete Dios! ¿Y por qué le quiere mal el cura?