—¡Váleme Dios! Ha estado bien no decir la historia del disfraz allá en la sacristía. Los clérigos son acérrimos partidarios de Santa Cruz.

Quedó un momento meditando. Después bostezó largamente, y sobre la boca negra como la de un lobo, se hizo la señal de la cruz:

—¡Váleme Dios! ¿Y qué desea de este pobre exclaustrado el Señor Marqués de Bradomín?

Yo murmuré con simulada indiferencia:

—Luego hablaremos de ello.

El fraile barboteó ladino:

—Tal vez no sea preciso... Pues sí señor, continúo ejerciendo oficios de capellán en casa de la Señora Condesa de Volfani. La Señora Condesa está buena, aun cuando un poco triste... Precisamente ésta es la hora de verla.

Yo hice un vago gesto, y saqué de la limosnera una onza de oro:

—Dejemos los negocios mundanos, Fray Ambrosio. Esa onza para una misa por haber salido con bien...

El fraile la guardó en silencio, y fuése
después de ofrecerme su cama para que descabezase
un sueño, y me repusiese del camino.
Era una cama con siete colchones, y un
Cristo a la cabecera. Enfrente una
gran cómoda panzuda, un tintero
de cuerno encima de
la cómoda, y en la
punta del tintero
un solideo.