El fraile vino hacia mí, cogiéndose con las dos manos la cabeza temblona, como si temiese verla rodar de los hombros:

—Don Antonio se cree que la guerra se hace derramando agua bendita, en vez de sangre. Todo lo arregla con comuniones, y en la guerra, si se comulga, ha de ser con balas de plomo. Don Antonio es un frailuco como yo, qué digo, mucho más frailuco que yo, aun cuando no haya hecho los votos. ¡Los viejos que anduvimos en la otra guerra, y vemos esta, sentimos vergüenza, verdadera vergüenza!... Ya me ha dado la alferecía.

Y se afirmó con más fuerza las manos sobre la cabeza, sentándose en el sillón a esperar el chocolate, porque ya sonaban en el corredor los pasos del ama y el timbre de las jícaras en el metal de las bandejas. El ama entró ya mudado el gesto, mostrando la cara plácida y sonriente de esas viejas felices con los cuidados caseros, el rosario y la calceta:

—¡Santos y buenos días nos dé Dios! El Señor Marqués no se acordaba de mí. Pues le he tenido en mi regazo. Yo soy hermana de Micaela la Galana. ¿Se acuerda de Micaela la Galana? Una doncella que tuvo muchos años su abuelita, mi dueña la Condesa.

Mirando a la vieja, murmuré casi conmovido:

—¡Ay, señora, si tampoco recuerdo a mi abuela!

—Una santa. ¡Quién estuviera como ella sentadita en el Cielo, al lado de Nuestro Señor Jesucristo!

Dejó sobre el velador las dos bandejas del chocolate, y después de hablar al oído del fraile, se retiró. El chocolate humeaba con grato y exquisito aroma: Era el tradicional soconusco de los conventos, aquel que en otro tiempo enviaban como regalo a los abades, los señores visorreyes de las Indias. Mi antiguo maestro de gramática aún hacía memoria de tanta bienandanza. ¡Oh, regalada holgura, eclesiástica opulencia, jocunda glotonería, siempre añorada, del Real e Imperial Monasterio de Sobrado! Fray Ambrosio, guardando el rito, masculló primero algunos latines, y luego embocó la jícara: Cuando le dió fin, murmuró a guisa de sentencia, con la elegante concisión de un clásico, en el siglo de Augusto:

—¡Sabroso! No hay chocolate como el de esas benditas monjas de Santa Clara!

Suspiró satisfecho, y volvió al cuento pasado: