Escogí unas medias de seda negra, que tenían bordadas ligeras flechas color malva:
—¿Estas?
—Sí, las que tú quieras.
Para ponérselas me arrodillé sobre la piel de tigre que había delante de su cama. Concha protestó:
—¡Levántate! No quiero verte así.
Yo sonreía sin hacerle caso. Sus pies quisieron huir de entre mis manos. ¡Pobres pies, que no pude menos de besar! Concha se estremecía y exclamaba como encantada:
—¡Eres siempre el mismo! ¡Siempre!
Después de las medias de seda negra, le puse las ligas, también de seda, dos lazos blancos con broches de oro. Yo la vestía con el cuidado religioso y amante que visten las señoras devotas a las imágenes de que son camaristas. Cuando mis manos trémulas anudaron bajo su barbeta delicada, redonda y pálida, los cordones de aquella túnica blanca que parecía un hábito monacal, Concha se puso en pie, apoyándose en mis hombros. Anduvo lentamente hacia el tocador, con ese andar de fantasma que tienen algunas mujeres enfermas, y mirándose en la luna del espejo, se arregló el cabello:
—¡Qué pálida estoy! ¡Ya has visto, no tengo más que la piel y los huesos!
Yo protesté: