—¡No he visto nada de eso, Concha!

Ella sonrió sin alegría.

—¡La verdad, cómo me encuentras?

—Antes eras la princesa del sol. Ahora eres la princesa de la luna.

—¡Qué embustero!

Y se volvió de espaldas al espejo para mirarme. Al mismo tiempo daba golpes en un "tan-tan" que había cerca del tocador. Acudió su antigua niñera:

—¿Llamaba la señorita?

—Sí; que enciendan fuego en el comedor.

—Ya está puesto un buen brasero.

—Pues que lo retiren. Enciende tú la chimenea francesa.