La criada me miró:

—¿También quiere pasar al comedor la señorita? Tengan cuenta que hace mucho frío por esos corredores.

Concha fué a sentarse en un extremo del sofá, y envolviéndose con delicia en el amplio ropón monacal, dijo con estremecimiento:

—Me pondré un chal para cruzar los corredores.

Y volviéndose a mí, que callaba sin querer contradecirla, murmuró llena de amorosa sumisión:

—Si te opones, no.

Yo repuse con pena:

—No me opongo, Concha: Unicamente temo que pueda hacerte daño.

Ella suspiró:

—No quería dejarte solo.