Entonces su antigua niñera nos aconsejó, con esa lealtad bondadosa y ruda de los criados viejos:
—¡Natural que quieran estar juntos, y por eso mismo pensaba yo que comerían aquí en el velador! ¿Qué le parece a usted, señorita Concha? ¿Y al Señor Marqués?
Concha puso una mano sobre mi hombro, y contestó risueña:
—Sí, mujer, sí. Tienes un gran talento, Candelaria. El Señor Marqués y yo te lo reconocemos. Dile a Teresina que comeremos aquí.
Quedamos solos. Concha, con los ojos arrasados en lágrimas, me alargó una de sus manos, y, como en otro tiempo, mis labios recorrieron los dedos haciendo florecer en sus yemas una rosa pálida. En la chimenea ardía un alegre fuego. Sentada sobre la alfombra
y apoyado un codo en mis rodillas, Concha
lo avivaba removiendo los leños con las tenazas
de bronce. La llama al surgir y levantarse,
ponía en la blancura eucarística
de su tez, un rosado reflejo, como
el sol en las estatuas antiguas
labradas en mármol
de Pharos.