EJÓ LAS TENAZAS, y me tendió los brazos para levantarse del suelo. Nos contemplamos en el fondo de los ojos, que brillaban con esa alegría de los niños, que han llorado mucho y luego ríen olvidadizos. El velador ya tenía puestos los manteles, y nosotros con las manos todavía enlazadas, fuimos a sentarnos en los sillones que acababa de arrastrar Teresina. Concha me dijo:
—¿Recuerdas cuántos años hace que estuviste aquí con tu pobre madre, la tía Soledad?
—Sí. ¿Y tú te acuerdas?
—Hace veintitrés años. Tenía yo ocho. Entonces me enamoré de ti. ¡Lo que sufría al verte jugar con mis hermanas mayores! Parece mentira que una niña pueda sufrir tanto con los celos. Más tarde, de mujer, me has hecho llorar mucho, pero entonces tenía el consuelo de recriminarte.
—¡Sin embargo, qué segura has estado siempre de mi cariño!... ¡Y cómo lo dice tu carta!
Concha parpadeó para romper las lágrimas que temblaban en sus pestañas.
—No estaba segura de tu cariño: Era de tu compasión.
Y su boca reía melancólicamente, y sus ojos brillaban con dos lágrimas rotas en el fondo. Quise levantarme para consolarla, y me detuvo con un gesto. Entraba Teresina. Nos pusimos a comer en silencio. Concha, para disimular sus lágrimas, alzó la copa y bebió lentamente, al dejarla sobre el mantel la tomé de su mano y puse mis labios donde ella había puesto los suyos. Concha se volvió a su doncella:
—Llame usted a Candelaria que venga a servirnos.