Teresina salió, y nosotros nos miramos sonriendo:
—¿Por qué mandas llamar a Candelaria?
—Porque te tengo miedo, y la pobre Candelaria ya no se asusta de nada.
—Candelaria es indulgente para nuestros amores como un buen jesuíta.
—¡No empecemos!... ¡No empecemos!...
Concha movía la cabeza con gracioso enfado, al mismo tiempo que apoyaba un dedo sobre sus labios pálidos:
—No te permito que poses ni de Aretino ni de César Borgia.
La pobre Concha era muy piadosa, y aquella admiración estética que yo sentía en mi juventud por el hijo de Alejandro VI, le daba miedo como si fuese el culto al Diablo. Con exageración risueña y asustadiza me imponía silencio:
—¡Calla!... ¡Calla!
Mirándome de soslayo volvió lentamente la cabeza: