—Candelaria, pon vino en mi copa...
Candelaria, que con las manos cruzadas sobre su delantal almidonado y blanco, se situaba en aquel momento a espaldas del sillón, apresuróse a servirla. Las palabras de Concha, que parecían perfumadas de alegría, se desvanecieron en una queja. Vi que cerraba los ojos con angustiado gesto, y que su boca, una rosa descolorida y enferma, palidecía más. Me levanté asustado:
—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?
No pudo hablar. Su cabeza lívida desfallecía sobre el respaldo del sillón. Candelaria fué corriendo al tocador y trajo un pomo de sales. Concha exhaló un suspiro y abrió los ojos llenos de vaguedad y de extravío, como si despertase de un sueño poblado de quimeras. Fijando en mí la mirada, murmuró débilmente:
—No ha sido nada. Siento únicamente el susto tuyo.
Después, pasando la mano por la frente,
respiró con ansia. La obligué a que bebiese
unos sorbos de caldo. Reanimóse, y su
palidez se iluminó con tenue sonrisa. Me hizo
sentar, y continuó tomando el caldo por sí
misma. Al terminar, sus dedos delicados alzaron
la copa del vino y me la ofrecieron
trémulos y gentiles: Por complacerla
humedecí los labios: Concha apuró
después la copa y no volvió
a beber en toda la noche.