La Reina clavó la aguja en el acerico de damasco rojo que había en su costurero de plata, y sonriendo me mostró el escapulario:

—¡Ya está! Es un regalo que te hago, Bradomín.

Yo me acerqué para recibirlo de sus manos reales. La Señora, me lo entregó diciendo:

—¡Que aleje siempre de ti las balas enemigas!

Doña Juana Pacheco y Doña Manuela Ozores, rancias damas que acordaban la guerra de los siete años, murmuraron:

—¡Amén!

Hubo otro silencio. De pronto los ojos de la Reina se iluminaron con amorosa alegría: Era que entraban sus dos hijos mayores, conducidos por María Antonieta. Desde la puerta corrieron hacia ella, colgándosele del cuello y besándola. Doña Margarita les dijo con una graciosa severidad:

—¿Quién ha sabido mejor sus lecciones?

La Infanta calló poniéndose encendida, mientras Don Jaime, más denodado, respondía:

—Las hemos sabido todos lo mismo.