—Verdad, Alteza.
El Príncipe la miró despreciador:
—¿Y eso no es España?
La Infanta buscó ánimo en mis ojos, y repuso con tímida gravedad:
—Pero eso no es toda España.
Y volvió a ponerse roja. Era una niña encantadora, con ojos llenos de vida y cabellera de luengos rizos que besaban el terciopelo de las mejillas. Animándose volvió a preguntarme sobre mis viajes:
—¡Marqués, es verdad que también has estado en Tierra Santa?
—También estuve allí, Alteza.
—¿Y habrás visto el sepulcro de Nuestro Señor? Cuéntame cómo es.
Y se dispuso a oir, sentada en un taburete, con los codos en las rodillas y el rostro entre las manos que casi desaparecían bajo la suelta cabellera. Doña Manuela Ozores y Doña Juana Pacheco, que traían una conversación en voz baja, callaron, también dispuestas a escuchar el relato... Y en estas andanzas llega la hora de hacer penitencia,
que fué ante los regios
manteles según profecía de Su
Ilustrísima.