—Ahora ha llegado el momento de obtener el fruto, Señor Marqués. Es preciso que me entregue cien onzas: Si no las lleva encima puede pedírselas a la Señora Condesa. ¡Al fin y al cabo, ella me las había ofrecido!
No me dejé dominar, aun cuando fué grande la sorpresa, y haciéndome atrás puse mano a la espada:
—Ha elegido usted el peor camino. A mí no se me pide con amenazas ni se me asusta con gestos fieros, Fray Ambrosio.
El exclaustrado rió, con su risa de mofa grotesca:
—No alce la voz, que pasa la ronda y podrían oirnos.
—¿Tiene usted miedo?
—Nunca lo he tenido... Pero acaso, si ahora, fuese el cortejo de una casada...
Yo comprendiendo la intención aviesa del fraile, le dije refrenada y ronca la voz:
—Es un ardid de guerra, Señor Marqués. ¡El león está en la trampa!