—Fraile ruin, tentaciones me vienen de pasarte con mi espada.

El exclaustrado abrió sus largos brazos de esqueleto descubriéndose el pecho, y alzó la temerosa voz:

—¡Hágalo! Mi cadáver hablará por mí.

—Basta.

—¿Me entrega esos dineros?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Mañana.

Calló un momento, y luego insistió en un tono que a la vez era tímido y adusto:

—Es menester que sea ahora.