—¿No basta mi palabra?
—No dudo de su palabra, pero es menester que sea ahora. Mañana acaso no tuviese valor para arrostrar su presencia. Además quiero esta misma noche salir de Estella. Ese dinero no es para mí, yo no soy un ladrón. Lo necesito para echarme al campo. Le dejaré firmado un documento. Tengo desde hace tiempo comprometida a la gente, y era preciso decidirse. Fray Ambrosio no falta a su palabra.
Yo le dije con tristeza:
—¿Por qué ese dinero no me fué pedido con amistad?
El fraile suspiró:
—No me atreví. Yo no sé pedir: Me da vergüenza. Primero que de pedir, sería capaz de matar... No es por malos sentimientos, sino por vergüenza...
Calló, rota, anudada la voz, y echóse a la
calle sin cuidarse de la lluvia que caía en
chaparrón sobre las losas. La doncella,
temblando de miedo, me guió adonde
esperaba su señora.