ARÍA ANTONIETA acababa de llegar, y hallábase sentada al pie de un brasero, con las manos en cruz y el cabello despeinado por la humedad de la niebla. Cuando yo entré alzó los ojos tristes y sombríos, cercados de una sombra violácea:

—¿Por qué tal insistencia en venir esta misma noche?

Herido por el despego de sus palabras, me detuve en medio de la estancia:

—Siento decirte, que es una historia de tu capellán...

Ella insistió:

—Al entrar, le encontré acechándome por orden tuya.

Yo callé resignado a sus reproches, que contarle mi aventura, y el ardid de Fray Ambrosio para llevarme allí, hubiera sido poco galante. Ella me habló con los ojos secos, pero empañada la voz:

—¡Ahora tanto afán en verme, y ni una carta en la ausencia!... ¡Callas!... ¿Qué deseas?