Yo quise desagraviarla:
—Te deseo a ti, María Antonieta.
Sus bellos ojos místicos fulminaron desdenes:
—Te has propuesto comprometerme, que me arroje de su lado la Señora. ¡Eres mi verdugo!
Yo sonreí:
—Soy tu víctima.
Y la cogí las manos con intento de besarlas, pero ella las retiró fieramente. María Antonieta era una enferma de aquel mal que los antiguos llamaban mal sagrado, y como tenía alma de santa y sangre de cortesana, algunas veces en invierno, renegaba del amor: La pobre pertenecía a esa raza de mujeres admirables, que cuando llegan a viejas edifican con el recogimiento de su vida y con la vaga leyenda de los antiguos pecados. Entenebrecida y suspirante guardó silencio, con los ojos obstinados, perdidos en el vacío. Yo cogí de nuevo sus manos y las conservé entre las mías, sin intentar besarlas, temeroso de que volviese a huirlas. En voz amante supliqué:
—¡María Antonieta!
Ella permaneció muda: Yo repetí después de un momento:
—¡María Antonieta!