Se volvió, y retirando sus manos repuso fríamente:

—¿Qué quieres?

—Saber tus penas.

—¿Para qué?

—Para consolarlas.

Perdió de pronto su hieratismo, e inclinándose hacia mí con un arranque fiero, apasionado, clamó:

—Cuenta tus ingratitudes: ¡Porque esas son mis penas!

La llama del amor ardía en sus ojos con un fuego sombrío que parecía consumirla: ¡Eran los ojos místicos que algunas veces se adivinan bajo las tocas monjiles, en el locutorio de los conventos! Me habló con la voz empañada:

—Mi marido viene a servir como ayudante del Rey.

—¿Dónde estaba?