—¡Tus brazos son un divino dogal!

Y ella oprimiéndome aún más gemía:

—¡Oh!... ¡Cuánto te quiero! ¿Por qué te querré tanto? ¿Qué bebedizo me habrás dado? ¡Eres mi locura!... ¡Di algo! ¡Di algo!

—Prefiero el escucharte.

—¡Pero yo quiero que me digas algo!

—Te diría lo que tú ya sabes... ¡Que me estoy muriendo por ti!

María Antonieta volvió a besarme, y sonriendo toda roja, murmuró en voz baja:

—Es muy larga la noche...

—Lo fué mucho más la ausencia.

—¡Cuánto me habrás engañado!