—Ya te demostraré lo contrario.
Ella, siempre roja y riente, respondió:
—Mira lo que dices.
—Ya lo verás.
—Mira que voy a ser muy exigente.
Confieso que al oirla, temblé. ¡Mis noches, ya no eran triunfantes, como aquellas noches tropicales perfumadas por la pasión de la Niña Chole! María Antonieta soltóse de mis brazos y entró en su tocador. Yo esperé algún tiempo, y después la seguí: Al rumor de mis pasos, la miré huir toda blanca, y ocultarse entre los cortinajes de su lecho: Un lecho antiguo de lustroso nogal, tálamo clásico donde los hidalgos matrimonios navarros dormían hasta llegar a viejos, castos, sencillos, cristianos, ignorantes de aquella ciencia voluptuosa que divertía el ingenio maligno y un poco teológico, de mi maestro el Aretino. María Antonieta fué exigente como una dogaresa, pero yo fuí sabio como un viejo cardenal que hubiese aprendido las artes secretas del amor, en el confesionario y en una Corte del Renacimiento. Suspirando desfallecida, me dijo:
—¡Xavier, es la última vez!
Yo creí que hablaba de nuestra amorosa epopeya, y como me sentí capaz de nuevos alardes, suspiré inquietando con un beso apenas desflorado, una fresa del seno. Ella suspiró también, y cruzó los desnudos brazos apoyando las manos en los hombros, como esas santas arrepentidas, en los cuadros antiguos:
—¡Xavier, cuándo volveremos a vernos!
—Mañana.