Y nos dejaban paso. Los peñascales que
flanquean la carretera parecían llenos de
amenazas, y de los montes cercanos llegaba
en el silencio de la noche el rumor de las hinchadas
torrenteras. En las puertas de la
ciudad hubimos de confiar los caballos
al soldado, y recatándonos
caminamos a pie.
OS DETUVIMOS ante un caserón con rejas: Era el caserón de mi bella bailarina elevada a Duquesa de Uclés. Llamamos con recato, y la puerta se abrió... El gran farol de hierro estaba encendido, y un hombre marchó delante de nosotros franqueando otras puertas, que francas se quedaban mucho después de pasar. Más de una vez aquel hombre me miró curioso. Yo también le miraba queriendo reconocerle: Tenía una pierna de palo, era alto, seco, avellanado, con ojos de cañí, y la calva y el perfil de César. De pronto sentí esclarecerse mi memoria ante el solemne ademán con que de tiempo en tiempo se acariciaba los tufos. El César de la pata de palo era un famoso picador de toros, hombre de mucha majeza, amigo de las juergas clásicas con cantadores y aristócratas: En otro tiempo se murmuró que me había substituído en el corazón de la gentil bailarina: Yo nunca quise averiguarlo porque siempre tuve como un deber de andante caballería, respetar esos pequeños secretos de los corazones femeninos. ¡Con profunda melancolía recordé aquel buen tiempo pasado! Parecía despertarse al golpe seco de la pierna de palo, mientras cruzábamos el vasto corredor, sobre cuyos muros se desenvolvía en viejas estampas la historia amorosa de Doña Marina y Hernán Cortés. Mi corazón aún palpitó cuando en el fondo de una puerta surgió la Duquesa. Don Carlos la interrogó:
—¿Ha venido?
—Ya no tardará, Señor.