La Duquesa quiso apartarse cediendo el paso, pero muy galán lo rehusó el Rey:
—Las damas primero.
El salón, apenas alumbrado por los candelabros de las consolas, era grande y frío, con encerada tarima. Ante el sofá del estrado brillaba un brasero de cobre sostenido por garras de león. Don Carlos murmuró, al tiempo que extendía sus manos sobre el rescoldo:
—Las mujeres sólo saben hacerse esperar... ¡Es su gran talento!
Calló, y nosotros respetamos su silencio. La Duquesa me enviaba una sonrisa. Yo, al verla con tocas de viuda, recordé a la dama del negro velo que había salido de la iglesia en el cortejo de Doña Margarita. En el corredor volvía a resonar el golpe de la pata de palo, y un murmullo de voces. A poco entran dos mujeres muy rebozadas y anhelantes, con un vaho de humedad en los mantos. Al vernos, una de ellas retrocede hasta la puerta mostrando disgusto. Don Carlos se acerca, y después de algunas palabras en voz baja, sale acompañándola. La otra, una dueña que andaba sin ruido, sale detrás, pero a los pocos momentos vuelve, y con la mano asomando apenas bajo el manto, hace una seña a Volfani: Volfani se levanta y la sigue. Al vernos solos, murmura y ríe la Duquesa:
—¡Se tapan de usted!
—¿Acaso las conozco?
—No sé... No me pregunte usted nada.
Callé, sin sentir la menor curiosidad, y quise besar las manos ducales de mi amiga, pero ella las retiró sonriendo:
—Ten formalidad. Mira que somos dos viejos.