—¡Tú eres eternamente joven, Carmen!
Me miró un momento, y replicó maliciosa y cruel:
—Pues a ti no te sucede lo mismo.
Y como era muy piadosa, queriendo restañar la herida me echó al cuello su boa de marta, ofreciéndome los labios como un fruto. ¡Divinos labios que desvanecían en un perfume de rezos el perfume de los olés flamencos! Se apartó vivamente porque el golpe de la pierna de palo volvía a sonar despertando los ecos del caserón. Yo le dije sonriendo:
—¿Qué temes?
Y ella frunciendo el arco de su lindo ceño, respondió:
—¡Nada! ¿También tú crees esa calumnia?
Y besando la cruz de sus dedos, con tanta devoción como gitanería, murmuró:
—¡Te lo juro!... Jamás he tenido nada con ese... Somos paisanos y le guardo ley, y por eso cuando un toro le dejó sin poderse ganar el pan, le recogí de caridad. ¡Tú harías lo mismo!
—¡Lo mismo!