Aun cuando no estuviese muy seguro, lo afirmé solemnemente. La Duquesa, como queriendo borrar por completo aquel recuerdo, me dijo con amoroso reproche:

—¡Ni siquiera me has preguntado por nuestra hija!

Quedé un momento turbado, porque apenas hacía memoria. Luego mi corazón puso la disculpa en mis labios.

—No me atreví.

—¿Por qué?

—No quería nombrarla viniendo en aventura con el Rey.

Una nube de tristeza pasó por los ojos de la madre:

—No la tengo aquí... Está en un convento.

Yo sentí de pronto el amor de aquella hija lejana y casi quimérica:

—¿Se parece a ti?