—No... Es feúcha.
Temiendo una burla, me reí:
La Duquesa de Uclés volvió a jurar besando la cruz de sus dedos, y tal vez haya sido mi emoción, pero entonces su juramento me pareció limpio de toda gitanería. Fijándome sus grandes ojos morunos, dijo con un profundo encanto sentimental, el encanto sentimental que hay en algunas coplas gitanas:
—Esa criatura es tan hija tuya como mía. Nunca lo oculté, ni siquiera a mi marido. ¡Y cómo la quería el pobrecito!
Se enjugó una lágrima. Era viuda desde el comienzo de la guerra, donde había muerto oscuramente el pacífico Duque de Uclés. La antigua bailarina, fiel a la tradición como una gran dama, se estaba arruinando por la Causa: Ella sola había costeado las armas y monturas de cien jinetes: Cien lanzas que se llamaron de Don Jaime. Al hablar del heredero se enternecía como si también fuese su hijo.
—¿De manera que has visto a mi precioso príncipe?
—Sí.
—¿Y a cuál de las Infantas?
—A Doña Blanca.