—¿Qué salada, verdad? ¡Va a ser más barbiana!
Y aún quedaba en el aire el aleteo gracioso de aquella profecía, cuando allá, en el fondo del caserón, resonó la voz del Rey. La Duquesa se puso de pie:
—¿Qué pasará?
Don Carlos entró. Estaba un poco pálido. Nosotros le interrogamos con los ojos. Él dijo:
—A Volfani acaba de darle un accidente. Ya se habían ido esas damas y estaba hablándole, cuando de pronto veo que cae poco a poco, doblándose sobre un brazo del sillón. Yo tuve que sostenerle...
Dicho esto salió, y nosotros, obedeciendo el mandato que no llegó a formular, salimos tras él. Volfani estaba en un sillón, deshecho, encogido, doblado y con la cabeza colgante. Don Carlos se acercó, y levantándole en sus brazos robustos, le asentó mejor:
—¿Cómo estás, Volfani?
Volfani hizo visibles esfuerzos para contestar, pero no pudo. De su boca inerte, caída, hilábanse las babas. La Duquesa acudió a limpiarlas, caritativa y excelsa como la Verónica. Volfani posó sobre nosotros sus tristes ojos mortales. La Duquesa, con el ánimo que las mujeres tienen para tales trances, le habló:
—Esto no es nada, Señor Conde. A mi marido, como estaba un poco grueso...
Volfani agitó un brazo que le colgaba, y los labios exhalaron un ronquido donde se adivinaba el esbozo de algunas palabras. Nosotros nos miramos creyendo verle morir. El ronquido, manchado por una espuma de saliva, volvió a pasar entre los labios de Volfani: De los ojos nublados se desprendieron dos lágrimas que corrieron escuetas por las mejillas de cera. Don Carlos le habló como a un niño, levantando la voz con cariñosa autoridad: